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Así lo estaría indicando el último Índice de Confianza del Consumidor elaborado por la empresa de estudios de mercado Opina y la Cámara de Comercio de Santiago. El indicador de septiembre experimentó un aumento de 6,6 puntos, llegando a 55,4 puntos y superando la barrera de los 50, rango este último que se considera como optimista.
La encuesta muestra que la gente mira con más optimismo hacia adelante, con algo más de confianza el futuro. Un 66% de los encuestados consideró que el país está saliendo de la recesión, aún cuando sólo un 27% piensa que la crisis terminará definitivamente este año, mientras que la mayoría se inclina por un período más largo. Pero el estudio revela también que la confianza plena no va a ser fácil de recuperar, pues el 71% de los chilenos estima que es muy difícil encontrar trabajo (sobre todo un trabajo digno), el verdadero talón de Aquiles de nuestra sociedad.
Ahora bien, en esto de la confianza hay mucho paño que cortar. Ésta comienza a ganarse cuando se es coherente. Coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre los valores y las acciones. En nuestras vidas abundan ejemplos de cómo se debe y no se debe actuar en el ámbito de las confianzas, en un mundo de por sí tremendamente complicado e inestable.
Un caso que se me viene a la mente, pero ciertamente no es el único, sería el de los salmones. Durante años los industriales del rubro aseguraron a moros y cristianos que cuidaban el medio ambiente y mantenían estrictas normas sanitarias. Pero bastaron nueve meses para que en la industria quedara al descubierto un grave problema sanitario y ambiental, demostrando de paso que existía un inmenso abismo entre unos supuestos valores culturales (me estoy refiriendo a la cultura y a la ética empresariales), y los resultados tangibles de las acciones de muchas empresas del sector. Como corolario de esta incoherencia, el desempleo en la zona de influencia del salmón se triplicó durante 2009. Obviamente, cuando se dan este tipo de circunstancias, la desconfianza de todos los actores crece de manera exponencial.
En la sociedad contemporánea la empresa ética es una organización fundamental para el desarrollo humano, por razones de dignidad, de lógica empresarial en el proceso de globalización, y por la socialización del conocimiento (y la información). En la vida social, este tipo de empresa cada día cobra mayor importancia, a medida que los nexos y relaciones humanas se hacen más complejos. Acá, la persona es el único sujeto. La ética debe elaborarse desde y para la persona. La empresa no es más que la comunidad de personas que aportan conjuntamente su trabajo directivo, su trabajo operativo y su inversión. Sin embargo, la fuerza no está tanto en lo que los individuos aportan, sino más bien en lo que las personas “portan”. Existe una gran diferencia entre lo que se aporta y lo que se porta. La importancia ética está en lo que se porta, es decir, en lo que somos y tenemos intrínsecamente como seres humanos (vida, alma, conocimiento, esperanza).
El caso anterior sirve como ejemplo para todo un mundo de circunstancias y vivencias, en el trabajo, en la política, en la educación y la cultura, y otros campos. Una actuación coherente se basa en no prometer más de lo que honestamente se puede entregar (una difícil proposición para los políticos), en no utilizar la manipulación en las relaciones con los demás, o en buscar el bien común por encima del legítimo interés particular. Hay otras fórmulas, probablemente más completas y relevantes, pero con estas sencillas pautas bastaría para comenzar a generar un nuevo trato, un nuevo pacto social que deberemos necesariamente construir a partir del bicentenario.
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